El maravilloso señor X en el ISSS.

Desde que me diagnosticaron una enfermedad en la consulta privada, me resistí mucho a llegar al ISSS, en el pasado tuve muy malas experiencias, y se escucha tanto de la mala atención, falta de medicamentos, citas ridículamente largas, médicos y enfermeras con el corazón tan endurecido y amargado que ni alzan la mirada hacia el paciente.

Pero tuve que topar, y desde que vengo al Hospital de Oncología, aunque , gracias a Dios no tengo cáncer, he visto y escuchado tantos y tantos casos ! Cientos de pacientes todoooos los días, en consultas, en el laboratorio, en la farmacia…

“Pantes y pantes” de expedientes, la mayoría viejos y muy gruesos, otros delgados, pero todos con las miserables enfermedades del cuerpo humano que, en en la mayoría de los casos minan , no solo el cuerpo sino también el espíritu, y corroen el alma.

He aprendido a ver , sobre todo a las enfermeras , con otros ojos. Es difícil tratar con seres humanos enfermos todos los días. Aquí no existe el “ mañana talvez este solo” o “ mañana talvez no venga mucha gente” , no.

Aquí siempre se trata de cientos de pacientes, cada uno con su propia cruz, su propio carácter, sus profundos y agudos dolores, sus quejas, con sus miedos…Cientos de mundos diferentes día tras día.

Pero, de repente, en una de mis citas de laboratorio para 20 exámenes, me encontré con el maravilloso señor X, lo llamaré así por que con todo y que lo lamento , no le pregunté su nombre.

Desde que nos sentamos a la par, el señor X no dejó de hablar, pocos saben que por naturaleza soy introvertida, por lo que raramente hablo con extraños cuando no estoy obligada a hacerlo.

Pero con el señor X, todo fue diferente, lo hubiera sido con cualquiera que se sentara junto a él pero , hey, ese día estaba yo de suerte, y me tocó a mi ocupar ese asiento.

Me contó, creo, casi toda su vida y cómo, de la nada, se sintió un bulto en la axila, que luego de un mar de exámenes terminó siendo cáncer. “Ya terminé las quimios, solo me faltan las radiaciones pero, siempre que vengo me las pasan para después, quizás están esperando a que me muera”, me dijo sonriente.

Si, sonriente, una sonrisa que solo por momentos se borraba de su rostro. “ Y usted, cuantos años me calcula” , me preguntó, lo pensé por un minuto, me paré para verlo, el sonreía esperando la respuesta, “74” le dije y vi como sus ojos brillaron , “tengo 82, siempre me dicen que me veo más joven”, dijo no sin una pizca de orgullo varonil.

Conversamos de tantas y tantas cosas, yo pasaba de la risa a las casi lágrimas con cada anécdota que me contaba, el Lobo, esperándome a lo lejos solo levantaba la vista de vez en cuando y movía la cabeza de lado a lado.

Sin sentirlo, nos llamaron a tomarnos los exámenes, entramos y salimos juntos, lo que nos permitió despedirnos, le di un beso en la mejilla , otro a su hijo (el que lo acompaña en cada viaje desde Santa Ana), los presenté a Lobo y cada quien tomó su camino.

Quisiera volver a ver al maravilloso señor X, que pronto tenga sus radiaciones, que no pase mucho dolor y que viva por mucho, mucho tiempo!

Siempre que esté deprimida pensaré en el señor X , cuando me estrese por todo y nada pensaré en el señor X, el señor de 82 años que parece de 74, que me hizo sonreír a pesar de su enfermedad, a pesar que el día siguiente él tenia que regresar al ISSS y quizás muchas veces más.

Gracias a Dios , por poner en mi camino al maravilloso señor X.

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